Archivos para Octubre 2008

El hallazgo de Daza de Valdés

El hallazgo de Daza de Valdés
(escrito entre el 10 y el 11 de septiembre de 2008)

Bueno, el hallazgo del libro fue más o menos así:

La librería estaba en una calle con un nombre industrial de la zona norte del Ensanche, en Barcelona, digamos carrer fàbrica, indústria o progrès, en el número, digamos, 23 (no recuerdo el nombre de la calle ni el número).

Al comenzar a recorrer el lado de la calle con los números impares, éstos iban pasando: 15, 17, 19, 21, 25, 27… el número 23 no existía, saltaba del 21 al 25.

Pero al volver atrás y fijarse bien, se veía que el número 21 correspondía a un patio de vecinos. Al entrar dentro, el 23 resultó ser una pequeña puerta que estaba dentro del propio patio, y para alcanzarlo se debía atravesar primero el umbral del 21.

En realidad, yo no fui a por el libro, sino una mujer llamada Elisenda, a la que no conozco, y que estaba embarazada. Como el libro se titula ‘El Libro de los Antojos’, Eli, gestante, comenzó a preocuparse por el significado de los antojos, la librería escondida y el tiempo que volaba, porque era viernes, 1 de agosto, casi la hora de cerrar, y no volverían a abrir hasta el mes de septiembre.

Por suerte, el librero aún no había cerrado y la esperaba. Le dio el libro. Fue impreso hace 85 años, y en todo este tiempo no lo ha leído nadie. Las páginas están impresas en grandes pliegos, cosidos a la encuadernación, y para abrirlas, tuve q cortar con cuidado los dobleces con un cuchillo afilado.

El libro es un facsímil del texto original de 1623, escrito por el Licenciado Benito Daza de Valdés. Está constituido por tres libros. El Libro Tercero se titula ‘De los diálogos’. Tras el prólogo, aparece el Diálogo Primero (página 149), que comienza así:

“Claudio. Tengo a buena suerte, señor Marcelo, el haberos encontrado aquesta tarde, por tener con vos un rato de gusto…”

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Es Octubre, ya quiere hacer frío, pero no puede. Eli acaba de tener al niño, pero sigue en el hospital: engorrosa cesárea y la espera de unos días a ver si el crío coge peso. Todas las mañanas, antes de las nueve, se presentan desde el día del parto, y desde el primer momento que recuerda, dos hombres. Uno alto y delgado, mas bien pelado y con algo de barba. Otro más bien fornido y algo menos alto que tiene cara de reírse hasta de su sombra. Solo están cinco minutos en la habitación. Con cierta parsimonia echan un vistazo a la cuna, arropan al bebé, y leen en voz alta una página del libro que alguien le encargó recoger antes del verano en la dichosa librería de Barcelona. Tenía que haber dicho que no, pero no sabe.
Hoy ya han llegado hasta la tercera. Cada día cuando terminan, se despiden al unísono “suyos afectuosos, Don Vicente y Don Manuel. Hasta mañana”.
El niño, Octavio, sorprendentemente ha empezado a hablar.

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Siempre le cuento a Octavio como sucedió el prodigio y cuál fue el motivo de su actual verborrea con tan sólo cinco años, pero no me cree, y no le reprocho su áctitud escéptica. ¿Como no dudar de la existencia del enigmático libro y de los caballeros que todos los días venían a leerle una página del mismo?
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Un día, como siempre pasan estas cosas, de repente, sin previo aviso, Don Manuel y Don Vicente dejaron de visitarnos, pregunté en el hospital con insistencia, pero nada ni rastro. Incluso Charo, la vieja enfermera jefa de planta me aseguró que nadie nos había visitado en aquellos días de octubre que estuvimos en el hospital tras el parto.

¡Si Octavio, si!. Te repito que Don Vicente y Don Manuel existieron también fuera de mi mente, y aquel misterioso libro de tapas de cuero y hojas de grandes pliegos cosidas a la encuadernación………………
Lo cierto es que lo he buscado todos estos años y parece que nunca hubiera sido publicado.
Lo más extraño es que al tiempo volví sobre mis pasos y visite la librería de viejo del ensanche de Barcelona. Allí sólo encontré un bajo cerrado con la pintura desconchada y la cerradura llena de herrumbre. La vecina, una señora sesentona de anchas caderas, me dijo que la librería llevaba más de 50 años cerrada, justo desde el día en que desaparecieron los dueños, los hermanos Vicente y Manuel Daza de Valdés.